Mi natural egoísta me dicta que con la muerte de Nacho, además de todo, ha desaparecido toda posibilidad de dar un cuerpo real verosímil a mis ficciones. A las veces que imaginé nuestro reencuentro, nuestro primer polvo, nuestra casa en común: soy un asco. Como compondría Carlos Berlanga: soy lo peor. Y eso que aún desconozco la mayor porción de mi mezquina capacidad de resistencia, este iceberg del que muestro la cumbre helada que se sostiene al aire gracias a una inmensa masa de hielo sumergido que me permite mantenerme a flote mientras espero a chocar con mi Titanic. Es una putada ser al mismo tiempo el Titanic y el Iceberg y no llegar a colisionar jamás, mantenerse a flote pase lo que pase, pese a quien pese; a mí al que más. Porque en momentos como estos, querría ser capaz de derrumbarme, de darle un buen meneo a mi escala de valores, a mi orden de prioridades y quedarme sentado en un rincón mirando al suelo y sin moverme. Es en días como hoy cuando odio llevar siempre conmigo este kit de supervivencia que es mi mente enferma.
Con la muerte de Nacho tendría que abandonar mis fantasías de relato de revista porno y empezar con las historias de fantasmas. De “Chicos XXX” a “Expedientes X”. Un horror. Estoy condenado a las pajas mentales de subgénero, a la Serie B. Aunque a veces se me ocurran argumentos de Best Sellers que, si tuviera voluntad suficiente para desarrollar, lo mismo me sacaban del anonimato y me colocaban en los escaparates, aunque, con este apellido, tendría que afirmar una y otra vez que no tengo nada que ver con la familia de editores; que llegué por méritos propios, gracias a mi talento para la basura narrativa comercial.
Mateo Lara